REPORTAJE
Cepa Caliboro, una cepa única en el mundo encontrada entre los viñedos de San Javier
Bautizada como Caliboro, la cepa NN202 descubierta en la ciudad de San Javier de Loncomilla por el Instituto de Investigación Agropecuaria de Chile, presenta una alta resistencia a plagas y excelentes condiciones para la producción vitivinícola.
En Noviembre del 2024, fue presentada la cepa NN 202 entre barricas centenarias y paredes de adobe, la antigua bodega de la Reserva de Caliboro, en la San Javier de Loncomilla, capital del vino patrimonial, fue escenario de un momento especial. En una pantalla gigante apareció conectado desde la Toscana el conde italiano Francesco Marone Cinzano, rememorando el instante que lo llevó a plantar viñedos en Sudamérica hace más de dos décadas.
La razón del encuentro no era menor: se presentaba el resultado de un estudio genético inédito, que logró identificar la variedad de uva que crece en el corazón del viejo parrón de Caliboro. Un misterio que no solo intrigaba a Marone y sus socios, la familia Solar, sino también a un equipo de investigadores del INIA La Platina, encabezado por Irina Díaz y Nilo Mejía, quienes comenzaron su trabajo hace tres años.
Junto a ellos, se emprendió una ambiciosa búsqueda a lo largo de Chile, desde el Oasis de Pica en el norte hasta el Valle del Itata, recolectando más de 700 muestras de vides, de las cuales casi 400 provienen del Maule. Incluso se incorporaron variedades de colecciones en Argentina y algunas pocas de Bolivia.
El objetivo fue claro: identificar, rescatar y revalorizar las vides antiguas. Porque cada planta guarda una huella genética única que, si se ha propagado vegetativamente durante siglos, puede ser rastreada y comparada con los catálogos internacionales. El trabajo permitió clasificar las variedades encontradas y, más importante aún, comprender su valor patrimonial, enológico y cultural.
Así fue como definimos distintas categorías: las cepas patrimoniales, traídas por los colonizadores y cultivadas por generaciones en Sudamérica; las cepas criollas, surgidas en el continente por cruces naturales o selección humana; las criollas NN, hijas o nietas de vides europeas nacidas en América y aún no registradas en ningún otro lugar; y las minoritarias, variedades de origen europeo con baja presencia e importancia económica en Chile, como fue alguna vez la hoy consolidada carmenére.
Un hallazgo clave del estudio fue descubrir que muchas de las criollas provienen del cruce entre dos patrimoniales fundamentales: listán prieto (o país, como se le conoce en Chile) y moscatel de Alejandría. Algunas de estas variedades, como Torrontés o Huevo de Gallo, ya han sido nombradas y valorizadas en Argentina, donde llevan más de 70 años de ventaja en este tipo de investigaciones.
Pero el verdadero giro está en que estas cepas no son fruto del azar. Alguien, en algún momento, las seleccionó. Y ahí nace una nueva pregunta: ¿cuál fue el incentivo para comenzar a crear variedades propias en Sudamérica?
Más allá de las respuestas científicas, lo que sí está claro es que estas vides deben protegerse, no solo como patrimonio vegetal, sino como parte fundamental de la historia y cultura del vino chileno. Y ahí entra el trabajo enológico liderado por Irina Díaz, quien ha puesto el foco en el potencial de estas cepas criollas.
Hasta ahora, el catastro oficial del SAG no reconoce a las cepas patrimoniales como categoría, un vacío que este proyecto quiere llenar. Hoy sabemos que existen alrededor de 12.000 hectáreas de variedades tintas patrimoniales y otras 6.000 blancas, muchas de ellas en manos de familias campesinas. Para llegar a esta información, se recorrieron viñedos, casas antiguas, iglesias, y se trabajó con más de 70 productores, en más de 70 puntos de muestreo.
El proceso fue tan revelador como inesperado. Muchas veces, se nos decía “todas son país”, pero entre las parras aparecían hijas de país, con características únicas y un potencial aún por explorar.
Así se llegó a identificar 30 criollas NN, variedades únicas, numeradas por ahora con cifras de tres dígitos. Entre ellas destaca la NN 202, que en la vendimia 2024 entregó 140 kilos de uvas blancas. Su nombre ahora es “Caliboro”, bautizada por Javier Rousseau Solar y los hijos del conde, quienes hoy la cuidan con dedicación. El análisis sensorial de su vino confirmó lo que intuíamos: tiene calidad y proyección.
Lo que viene ahora es igual de desafiante. Queremos datar la edad de las parras analizando los anillos de sus troncos, colaborar con empresas que deseen potenciar estos genotipos y avanzar en el reconocimiento oficial como cepas chilenas. Porque más allá del pasado, estamos sembrando el futuro del vino en estas raíces profundas del Maule.
La razón del encuentro no era menor: se presentaba el resultado de un estudio genético inédito, que logró identificar la variedad de uva que crece en el corazón del viejo parrón de Caliboro. Un misterio que no solo intrigaba a Marone y sus socios, la familia Solar, sino también a un equipo de investigadores del INIA La Platina, encabezado por Irina Díaz y Nilo Mejía, quienes comenzaron su trabajo hace tres años.
Junto a ellos, se emprendió una ambiciosa búsqueda a lo largo de Chile, desde el Oasis de Pica en el norte hasta el Valle del Itata, recolectando más de 700 muestras de vides, de las cuales casi 400 provienen del Maule. Incluso se incorporaron variedades de colecciones en Argentina y algunas pocas de Bolivia.
El objetivo fue claro: identificar, rescatar y revalorizar las vides antiguas. Porque cada planta guarda una huella genética única que, si se ha propagado vegetativamente durante siglos, puede ser rastreada y comparada con los catálogos internacionales. El trabajo permitió clasificar las variedades encontradas y, más importante aún, comprender su valor patrimonial, enológico y cultural.
Así fue como definimos distintas categorías: las cepas patrimoniales, traídas por los colonizadores y cultivadas por generaciones en Sudamérica; las cepas criollas, surgidas en el continente por cruces naturales o selección humana; las criollas NN, hijas o nietas de vides europeas nacidas en América y aún no registradas en ningún otro lugar; y las minoritarias, variedades de origen europeo con baja presencia e importancia económica en Chile, como fue alguna vez la hoy consolidada carmenére.
Un hallazgo clave del estudio fue descubrir que muchas de las criollas provienen del cruce entre dos patrimoniales fundamentales: listán prieto (o país, como se le conoce en Chile) y moscatel de Alejandría. Algunas de estas variedades, como Torrontés o Huevo de Gallo, ya han sido nombradas y valorizadas en Argentina, donde llevan más de 70 años de ventaja en este tipo de investigaciones.
Pero el verdadero giro está en que estas cepas no son fruto del azar. Alguien, en algún momento, las seleccionó. Y ahí nace una nueva pregunta: ¿cuál fue el incentivo para comenzar a crear variedades propias en Sudamérica?
Más allá de las respuestas científicas, lo que sí está claro es que estas vides deben protegerse, no solo como patrimonio vegetal, sino como parte fundamental de la historia y cultura del vino chileno. Y ahí entra el trabajo enológico liderado por Irina Díaz, quien ha puesto el foco en el potencial de estas cepas criollas.
Hasta ahora, el catastro oficial del SAG no reconoce a las cepas patrimoniales como categoría, un vacío que este proyecto quiere llenar. Hoy sabemos que existen alrededor de 12.000 hectáreas de variedades tintas patrimoniales y otras 6.000 blancas, muchas de ellas en manos de familias campesinas. Para llegar a esta información, se recorrieron viñedos, casas antiguas, iglesias, y se trabajó con más de 70 productores, en más de 70 puntos de muestreo.
El proceso fue tan revelador como inesperado. Muchas veces, se nos decía “todas son país”, pero entre las parras aparecían hijas de país, con características únicas y un potencial aún por explorar.
Así se llegó a identificar 30 criollas NN, variedades únicas, numeradas por ahora con cifras de tres dígitos. Entre ellas destaca la NN 202, que en la vendimia 2024 entregó 140 kilos de uvas blancas. Su nombre ahora es “Caliboro”, bautizada por Javier Rousseau Solar y los hijos del conde, quienes hoy la cuidan con dedicación. El análisis sensorial de su vino confirmó lo que intuíamos: tiene calidad y proyección.
Lo que viene ahora es igual de desafiante. Queremos datar la edad de las parras analizando los anillos de sus troncos, colaborar con empresas que deseen potenciar estos genotipos y avanzar en el reconocimiento oficial como cepas chilenas. Porque más allá del pasado, estamos sembrando el futuro del vino en estas raíces profundas del Maule.